Como ya es de público conocimiento, han llegado a las redes preocupantes noticias respecto al “juego” ruso La Ballena Azul.  Se trata de realizar 50 pruebas, una cada día, y éstas van aumentando en su dificultad de una manera progresiva (dibujos, cortes, autolesiones, transgresiones, etc.), finalizando con el suicidio. Otra particularidad alarmante de esto, es que circula en grupos cerrados o grupos secretos de Facebook, también en Twitter o Whatsapp, y se incita a los participantes a mantener en secreto su participación para “preservar al grupo”, lo que hace más difícil detectarlos.

Lo que nos ocupa a partir de aquí, es cómo prevenir o intervenir para evitar que nuestros adolescentes, nuestros hijos, nuestros niños, se conviertan en las nuevas víctimas de éste o cualquier otro “juego” de esas características.

Es fundamental no minimizar la situación, es decir, no debemos dejar de estar atentos a estos acontecimientos porque “mi hijo no tiene ese perfil” o “él no se engancha en esas cosas” o “ya está grande para eso”, ya que no hay estereotipos de adolescentes para este tipo de mal llamados “juegos”, no todos lo inician por los mismos motivos: pueden ser niños o jóvenes vulnerables, pueden hacerlo por curiosidad o por transgresión. Además, el mero hecho de que permanezcan muchas horas navegando en internet sin ningún control, ya los vuelve vulnerables.

Esto no significa de ningún modo que todos los jóvenes, por el simplemente ser adolescentes o navegar por largas horas, estén participando de las pruebas. Significa que debemos estar siempre alertas, nuestros hijos siempre necesitan que haya algún adulto interesándose por sus actividades o sus emociones, aunque lo nieguen e intenten alejarse. Significa que aunque nos incomode o nos resulte complicado, tenemos que mantenernos informados y acercarnos a los escenarios donde los jóvenes se mueven diariamente, ya que éste no es el único peligro que quizás aceche en las redes sociales.

Nuestro rol, es el de acompañar en la experiencia del ciberespacio. Hay que educar para las tecnologías y eso demanda de nuestro compromiso como adultos.

¿Cómo los acompañamos?

  • Es inútil privarlos de internet para “mantenerlos seguros”, ya que esto fomenta su uso a escondidas y sin ningún control.
  • Comencemos generando diálogos con ellos para conocer qué hacen en internet, con qué redes sociales cuentan, que información comparten, si conocen los alcances y riesgos de lo que publican (dirección, teléfono, edad, etc.), si conocen a las personas con las que entablan conversaciones. Conversar también de los peligros reales y virtuales con los que nos podemos encontrar en estos medios.
  • No alejarnos y dejarlos solo porque no entendemos de qué hablan o “qué es eso que hacen” en internet. Acercarnos y conocer, a veces el adulto debe incomodarse un poco para saber cómo acompañar a sus hijos.
  • Estar atentos a sus comportamientos y a cambios que puedan presentar: cambios en su humor, cambios en sus horarios de dormir o insomnio, cambios en su alimentación, cambios en su grupo de pertenencia o aislamiento repentino, desinterés en cosas que antes le importaban, baja en las calificaciones, entre otros. Es importante saber que estos cambios también pueden ser signos de múltiples cosas, por eso es tan importante el diálogo.
  • En caso de que no logremos establecer un buen diálogo con nuestros hijos, podríamos tomar contacto con algunos de sus amigos más allegados, o con los padres de éstos para conversar al respecto de los comportamientos que nos alarman, quizás también hayan notado algún cambio o sepan algo más.
  • Acercarse a la Institución escolar es a veces una buena opción, ya que pueden estar sucediendo cosas de las que no estemos enterados todavía.

¿Qué particularmente debe llamar nuestra atención con respecto a “La ballena Azul”?

  • Si navegan por internet a altas horas de la noche
  • Si prefieren no dormir o tienen insomnio (cuando antes no lo tenían)
  • Si presentan heridas o cortes en el cuerpo
  • Si hacen comentarios referidos a la ballena azul en las redes sociales (aunque parezcan insignificantes)
  • Si hacen dibujos de alguna ballena en sus hojas o libros
  • Si están viendo muchas películas de terror
  • Si presentan otros cambios de conductas repentinas como las que nombramos antes.

Sepamos que hay factores que aumentan el nivel de riesgo o vulnerabilidad en niños o adolescentes:

  • Desánimo o angustia crónica
  • Aislamiento o marginación social
  • Fracaso escolar o rupturas afectivas
  • Abuso de sustancias tóxicas
  • Intentos previos de quitarse la vida o autolesionarse
  • Antecedentes de suicidios en familiares, amigos o compañeros

 

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